No medimos el tiempo como una constante física. Lo procesamos a través de un sistema de marcapasos y puertas atencionales que determinan si un minuto se siente como un segundo, o como una eternidad.
Manipula los estados biológicos y cognitivos para ver cómo se generan los "pulsos" del tiempo.
Determina la velocidad del marcapasos central.
Controla el "interruptor" que permite el paso de pulsos al acumulador.
Este marco complementa el mecanismo básico añadiendo un componente de memoria y decisión. Sugiere que, una vez acumulados los pulsos, la mente utiliza la memoria de trabajo para comparar esta duración con una "biblioteca" de intervalos almacenados en la memoria a largo plazo.
Ubicada en la corteza prefrontal dorsolateral, es indispensable para sostener el registro de los pulsos previos mientras ocurre la experiencia.
Un cambio de paradigma: argumentan que el cerebro no posee un reloj literal. Postulan que la información temporal está codificada en los patrones cambiantes de actividad de redes neuronales distribuidas.
Si dedicamos una atención focalizada a una tarea externa absorbente, los recursos cognitivos se desvían. La puerta atencional se estrecha, permitiendo que pasen menos pulsos al acumulador.
Resultado: Menos pulsos = Tiempo percibido corto.
Si la tarea es monótona o sufrimos, la atención se centra obsesivamente en el propio tiempo. El interruptor se abre por completo, saturando el acumulador con cada pulso emitido.
Resultado: Más pulsos = Tiempo percibido dilatado.